Esperanzas de cambio

Según el IDEAM, se esperan cambios muy significativos de temperatura en los departamentos del Atlántico, Valle del Cauca y el Magdalena.

Por: Margarita Pacheco 

Los devastadores huracanes que arrasaron poblaciones en las islas del Caribe, en las costas de Florida y el sur de Texas dejan un claro mensaje. La investigación científica tiene validez y hay que ponerle atención. Los datos que entrega la Tercera Comunicación Nacional de Colombia, liderada por Omar Franco y Javier Mendoza en el IDEAM (Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales) con apoyo del PNUD y otras entidades, nos dan un panorama de los escenarios que están ocurriendo en el país.

La Comunicación, enviada a la Convención Marco de Cambio Climático de Naciones Unidas, da cuenta a los otros países que los causantes de las mayores emisiones de gases de efecto invernadero en el país son: cambio de uso del suelo 62%, transporte 11% e industrias manufactureras 11%. La cifra mayor pone en evidencia la prioridad política del ordenamiento del territorio y los altos riesgos latentes en departamentos y municipios. 

Según la Tercera Comunicación, en esta tendencia de emisiones de gases de efecto Invernadero (GEI) en Colombia, la temperatura media anual, entre los años 2011 y 2040, podría aumentar gradualmente en 0.9 grados C para el 2040. Habría un aumento promedio de la temperatura marina del país en 0,5 grados C en el Caribe y 0,7 grados en el Pacífico. A su vez, se espera que cambien las precipitaciones en esos mismos periodos 2011-20140, 2041-2070 y 2070-2100. 

Cuáles son los principales efectos que estos cambios pueden ocasionar al país? El aumento de la temperatura podría generar un mayor aumento del nivel del mar, afectando poblaciones ribereñas y ciudades aledañas al mar y un retroceso de páramos que aportan agua a la mayoría de acueductos urbanos y rurales. De otro lado, es irreversible el derretimiento acelerado de nevados y glaciares, y se evidencia una mayor incidencia de fenómenos climáticos extremos y reducción en la producción agropecuaria. En las ciudades se prevén olas de calor y la disminución de la productividad de suelos agrícolas, afectando las despensas alimentarias. 

 

¿Hay esperanzas de cambio para reducir el impacto de estos pronósticos? 

Según el IDEAM, se esperan cambios muy significativos de temperatura en los departamentos del Atlántico, Valle del Cauca y el Magdalena, y cambios de precipitación. En San Andrés y Providencia, Vaupés y Caquetá habrá un déficit de lluvias y en otros se estima un exceso de precipitaciones: en Caldas, Risaralda y Huila. El detalle de estas cifras debería ser consultado por cada tomador de decisión regional y por cada asesor de campaña presidencial, sin distingo del color político. 

Estas estimaciones hasta el final del siglo XXI deberían ser tomadas en serio. ¿Seremos capaces de generar cambios sustantivos en varias entidades acartonadas del Estado para enfrentar tales dilemas climáticos? Sin tapujos el Fondo Nacional de Adaptación y la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo son dos entidades que requieren cambios. Para reducir la labor paternalista de obras locales de mitigación, se requieren nuevos presupuestos para ejercer seriamente la planificación y la prevención del riesgo.

Fortalecer al IDEAM en labores de planificación ambiental territorial, usando sus propias investigaciones, sería un valor agregado para el país. Si los sectores agrícola y minero-energético tienen sus unidades de planificación, la UPRA y la UMPE, porque el sector ambiental no tiene una unidad de planificación ambiental del territorio?

Otros riesgos: el aumento de la temperatura aumenta la desertificación y la pérdida de fuentes y cursos de agua. Menos lluvias ocasionarían cambios en el uso del suelo, ocasionando aceleración e intensificación de la desertificación, perdida de fuentes de agua e impactos en la salud, al tiempo que afecta la economía y la competitividad regional. 

 

¿Esta lógica del riesgo cabe en la mentalidad del político tradicional?

Además, mayores lluvias y cambios en el uso del suelo implicarían: un incremento de deslizamientos e inundaciones, afectaciones de acueductos veredales, daños a la infraestructura vial, especialmente en áreas de montaña. La evidencia de los efectos del cambio climático ya se puede evidenciar en la Sierra Nevada del Cocuy, Sierra Nevada de Santa Marta, Volcanes Nevado del Ruiz, del Huila, Santa Isabel y del Tolima. 

Ante estos riesgos, los análisis permiten identificar territorios que pueden verse más afectados por causa de fenómenos asociados a cambio climático. Vulnerabilidad, amenaza y riesgo son tres variables que deben cambiar el lenguaje presidencial, sobre todo cuando ya se sabe que las regiones del país con mayor número de municipios en riesgo alto y muy alto por cambio climático son 36 en la zona andina, 31 en la Amazonia y 25 en la zona del Pacífico. Esta alerta debe también estar asociada a la puesta en marcha de la Reforma Rural Integral del Acuerdo del Colon, con tolerancia cero a la corrupción. 

P.D. Desde Leticia, felicitaciones a Lu Marina Mantilla directora del SINCHI por reforzar su presencia en la Amazonia Colombiana y al IDEAM por los datos que nos ponen en guardia para planificar en los próximos años. Confiemos en la ciencia nacional.

Publicado originalmente en Semana.com 

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La medida de la transición

¿Cómo debería ser la transición hacia esa nueva sociedad? Para avanzar hacia una sociedad sin carbono, que no dependa de la quema de combustibles fósiles para generar energía

Por: Manuel Guzmán-Hennessey. @Guzmanhennessey

Las universidades deberían abrir el debate sobre las ideas de la transición hacia una nueva sociedad. Este debate debe ser multidisciplinar, pero sobre todo debe convocar a las discimplinas sociales y económicas. El eje de esta transición es el cambio energético.

 ¿Cómo debería ser la transición hacia esa nueva sociedad? Para avanzar hacia una sociedad sin carbono, que no dependa de la quema de combustibles fósiles para generar energía, esto es: para producir electricidad y para mover los sistemas de transportes en las ciudades, la transición debería partir de examinar las opciones que la sociedad tiene para sustituir las energías derivadas de los combustibles fósiles, por energías renovables.

 De lo anterior se deriva una segunda necesidad colectiva, que también debería estimular el ejercicio académico: controlar los factores asociados al crecimiento desregulado incluyendo el aumento de la población, examinar las tendencias sobre el uso de los suelos y los territorios, teniendo en cuenta que las prácticas agrícolas y ganaderas no deberían alterar los ciclos biogeoquímicos del agua y de los demás componentes de la atmósfera. A lo anterior hay que agregar criterios de valoración, restauración y protección de la biodiversidad; evitar prácticas industriales que generen desertización, y fomentar procesos democráticos que faciliten el acceso de la población al arte, la ciencia y la cultura.

¿Qué se necesita para aspirar a un programa global de transición? Me refiero a toda la sociedad del mundo. ¿Un acuerdo global? ¿Un nuevo protocolo de naciones? ¿Qué se cumpla el Acuerdo de París? Mientras yo redacto esta nota está reunida en Bonn la sociedad del mundo, revisando precisamente los avances del Acuerdo de París. ¿Y a qué conclusión han llegado? A que probablemente las metas que allí propusieron los países, sobre medidas de mitigación de su emisiones, fueron hechas demasiado de prisa, y por ende se impone revisarlas para adecuarlas mejor a las realidades de lo posible.

 El presidente de los Estados Unidos había prometido decir en Bonn si finalmente su país ratificaría el Acuerdo de Paris o lo negaría. Días antes de empezar la cita pospuso tal decisión para después de la reunión del G-7 que será en 2018. Coherente como ha sido por priorizar lo económico sobre la vida, concede mayor importancia a la reunión de los 7 países más poderosos del mundo que a aquella donde confluyen todos, empezando por los más vulnerables.

¿Es posible acelerar la transición global hacia una nueva dependencia energética más limpia sin contar con los Estados Unidos? Nadie lo cree. ¿Qué ocurrirá entonces con la decisión de China, si su “socio natural” no cumple el acuerdo de las naciones firmado en 2015? ¿Cuánto tiempo es necesario para llegar hasta un escenario de confluencia real que refleje la voluntad de todos los pueblos? ¿De qué dimensión temporal debería ser la Gran Transición? Nadie lo sabe. Y la incertidumbre, siempre inherente a los procesos de negociación sobre el clima, es ahora mucho mayor.

El principal obstáculo de esta transición es el modelo mental que domina el viejo paradigma, y la velocidad a la que avanza el cambio climático. Es probable que no tengamos tiempo de hacerla debido a las incertidumbres inherentes a la evolución de la crisis que hoy vivimos, o al recrudecimiento probable de esta crisis entre 2020 y 2050.

No obstante, hay que empezar a trabajar unidos, aún en la incertidumbre, antes de que sea demasiado tarde. Algunos versos del poema Itaca de Constantino Kavafis (1863-1933) algo nos pueden ayudar a entender mejor la encrucijada en que actualmente se encientra la humanidad: 

Ten siempre a Itaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Itacas.

                                                          

Invito a las universidades a cumplir su asignatura pendiente: estimular un debate abierto sobre el carácter antropogénico que tiene el cambio climático, desafío inédito de las ciencias sociales y humanas. Entender que el cambio global es un problema emergente de la cultura humana debería dar lugar a una profunda reflexión sobre la índole de lo que somos, sobre nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza, sobre nuestra conducta colectiva y sobre nuestra capacidad de ofrecer respuestas, también colectivas, frente a las situaciones límite a que nos vemos expuestos.

 La aproximación desde la filosofía también resulta inaplazable, o más bien, desde el ejercicio empírico de la especulación filosófica: ¿Somos realmente una especie suicida? ¿Somos la más depredadora de las especies? ¿Nos servirá de algo nuestro neocortex para enfrentar esta crisis? ¿Nos servirá acaso más nuestro cerebro reptil? ¿por qué si conocemos los peligros no cambiamos el rumbo? Si es tan evidente la certeza de la ciencia y está en nuestra razón biológica la conservación de la vida por sobre todas las cosas. ¿Por qué no paramos y rectificamos? ¿Por qué no reconocemos nuestros errores colectivos y fundamos una nueva unidad humana que nos garantice a nosotros mismos la supervivencia de la vida?

Para descifrar la medida de la transición hacia una sociedad verdaderamente sostenible es preciso entender que entre 2020 y 2050 está nuestra última oportunidad de reacción colectiva. Y que debemos empezar esta transición al mismo tiempo que nos adaptamos a las consecuencias del cambio climático.

Por eso conviene saber que el concepto de ‘adaptación al cambio climático’ ha venido evolucionando también, a medida que conocemos los nuevos informes de la ciencia, hasta el punto de que adaptarse al cambio climático hoy ya no sugiere exclusivamente adecuar las infraestructuras físicas de las ciudades para prevenir los riesgos probables, sino empezar a pensar en cómo construir una sociedad resiliente a los cambios que se darán por décadas, y quizá centurias.

Y pensar, mientras nos adaptamos, cómo rectificar el modelo de sociedad que hizo crisis y reemplazarlo por otro que no contenga en su diseño la semilla del cambio climático. La adaptación a la crisis climática —así entendida— demanda hoy un esfuerzo coordinado de todas las sociedades del mundo para enfrentar este doble reto. He ahí el desafío de una educación universitaria a tono con los tiempos que hoy vivimos.

*Director de KLN.

Publicado originalmente en Revista Nova et Vetera

 

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